Liderazgo social, una labor de alto riesgo

Liderazgo social, una labor de alto riesgo

Por Maryluz Barragán

El asesinato del escolta de Leyner Palacios es indicativo de la forma en que se está recrudeciendo la guerra en el país. Fueron 18 tiros contra la humanidad de Arley Hernán Chalá, un joven que se dedicaba a la protección física de uno de los líderes más importantes de Bojayá y de Colombia.  Esta vez no se llevaron a Leyner, pero la muerte de Arley duele tanto como la de los más de los 50 líderes asesinados en lo que va en este 2020. La gravedad de este crimen es equiparable porque son los escoltas quienes hacen posible la labor de defensa de derechos humanos de los líderes sociales en el país. Este hecho, una vez más, llama la atención sobre la grave situación de los líderes y la ineficacia de la actual política de protección.

Paradójicamente, la muerte de Arley ocurre preciso el mismo día en que el Relator Especial para los Derechos Humanos de la ONU reporta que Colombia es el país con más asesinatos de líderes sociales de América Latina. El relator insiste en que ser defensor/a de derechos humanos en Colombia es una labor de alto riesgo. No solo por los constantes ataques contra la vida y la integridad personal sino por los altos niveles de impunidad que tienen estas agresiones y que se están en un 95%. Esto es muy grave porque quienes atacan a los líderes, finalmente saben que no serán judicializados, lo que naturalmente aumenta las violencias en su contra.

El reporte también señala que, luego de la firma del Acuerdo Final de Paz, las violencias y los asesinatos contra líderes sociales se ha incrementado. Una de las posibles causas es la apertura de nuevos escenarios de participación e interacción directa con la institucionalidad pública, lo que a su vez aumentó la visibilidad de ciertos liderazgos. Esta relación entre la exposición pública y el riesgo de los líderes se anticipó en el Acuerdo Final de Paz. Por esto se acordó la adopción de unas garantías de seguridad para líderes y lideresas. Con lo anterior se buscaba robustecer las medidas de protección existentes, que para ese momento ya resultaban insuficientes. Sin embargo, el gobierno actual ha optado no solo por hacer caso omiso a esta alternativa, sino que ha negado sistemáticamente la gravedad de la situación o afirma que se trata de un tema de percepción de la ciudadanía.

En este punto es clave señalar que no todos los liderazgos tienen un mismo nivel de riesgo. Los más afectados son quienes se encuentran en zonas rurales y defienden la paz. Esta situación se agrava cuando se trata de líderes afrodescendientes que defienden los derechos de su comunidad frente a la intervención indebida del Estado, cuyos intereses con frecuencia se confunden con los de las grandes empresas. En este punto se destaca otro de los hallazgos importantes del informe: un alto porcentaje de los asesinatos e intimidaciones ocurre en zonas de fuerte actividad empresarial. Particularmente, proyectos de minería a gran escala (legal o ilegal), agro-industria y energéticos. Esto es escandaloso considerando la consolidada práctica de convenios de seguridad de este tipo de empresas con el Ministerio de Defensa, Ejército Nacional y la Fiscalía General de la Nación. Uno supondría que donde hay mayor intervención de estas entidades estatales deberían ser mas las garantías para los defensores de DDHH, pero la realidad es contraria.

Tenebrosamente, en esta radiografía de los escenarios de mayor vulnerabilidad de defensores de DDHH, el relator de la ONU parece describirnos los contextos en los que la mayoría de los líderes afros de mueven, incluido Leyner. Hace apenas dos meses fue noticia la petición que le hizo al presidente Duque para que implementara el Acuerdo de Paz en Bojayá, haciendo también un llamado a la coherencia de su política de legalidad y que la aplicara para  los proyectos mineros, agroindustriales y de infraestructura que se están adelantando en ese territorio.

El asesinato de Arley aunque es doloroso no resulta extraño. Los líderes sociales en Colombia, así como las personas que hacen parte de sus esquemas de seguridad se encuentran en constante riesgo de ser asesinados. Sin embargo, no deja de ser frustrante la forma en que el gobierno insiste en darle manejo a esta problemática. Ya no solo ignorando el llamado de las organizaciones sociales sino el de autoridades internacionales como el Relator para los DDHH de la ONU.

Ojalá, al final los canales diplomáticos hagan lo suyo y el respaldo internacional que se le ha dado a la labor del Relator logren presionar la adopción de algunas de las recomendaciones del citado reporte y que ello sirva para reorientar la política de seguridad de los líderes, que tanto se necesita en el país.

La protesta es una necesidad constante

La protesta es una necesidad constante

Por Eliana Alcalá

Ha pasado casi un mes del 21N, el comienzo de un paro nacional que se mantiene hasta el día de hoy. Un hito en la historia reciente de Colombia, de una sociedad inconforme con las políticas del gobierno, la incertidumbre frente al cumplimiento acuerdos de paz, la injusticia y la corrupción a  la que hemos sido sometidos durante décadas. Un ¡Basta ya! necesario y acorde a la convulsión latinoamericana.

El 21N es muestra de los cambios que puede generar la unión del pueblo y lo inherente de la protesta para darle voz a las demandas que el gobierno no quiere escuchar. Si alguna vez nos hemos preguntado acerca de la importancia de una política de disrupción como lo es un paro o una marcha, lo que ha pasado, aunque no interrumpe los problemas estructurales ni crea respuestas inmediatas, deja grandes enseñanzas, la principal: el imperativo de seguir protestando, de seguir reclamando hasta que se cambie lo que se quiera para mejorar el presente y asegurar un futuro.

La protesta es un medio para la reivindicación de los derechos, una forma de expresar oposición, de compartir ideas de cambio,   un elemento fundamental de la democracia que garantiza la libertad de expresión, la dignidad y la vida.

En una sociedad como la colombiana, amarrada a un gobierno casi inoperante, un congreso insensible y una justicia lenta, lo único que queda es la crítica constructiva, la suma de voces para exigir que pare esta carrera absurda hacia mezquindad, la pobreza, la ignorancia y la muerte. Es a la vez, un acto contra el miedo en un país donde hablar es a veces sinónimo de morir, es el verdadero poder de un movimiento ciudadano que se politiza – sin que eso implique partidos políticos-, porque la salud, la educación, el trabajo, el medio ambiente, el derecho a vivir en paz, nos trastoca a todos.

Colombia marchó y marcha como una masa de ciudadanos inconformes que tienen distintas causas a defender, causas justas, legítimas y que hoy buscan el futuro que sueña para esta generación y las siguientes. De ahí que sea una necesidad protestar, rebelarse contra el statu quo, porque es una muestra de solidaridad, se cuestiona la desigualdad que vemos todos los días y que necesita ser dimensionada, conocida, cambiada.Estos procesos no son fáciles porque para los  gobernantes de la democracia más antigua de Latinoamérica, en una amenaza a la ignominia que han llamado “institucionalidad”, esa que sólo privilegia a unos pocos. Nos infunden el miedo de que disrumpir y cuestionar la injusta cotidianidad representa crear caos, provocar la pérdida de recursos, mismos que son paliativos fértiles para el subconsciente de algunos que repiten: “Yo no paro, yo produzco.” Esos que producen pero no para ellos sino para el orden vigente que desangra arcas, pone como carne de cañón a jóvenes vulnerables, destruye ecosistemas, discrimina, mata e ignora.  Hemos normalizado el caos, la violencia del Estado, que nos han enseñado durante años, temiendo la protesta del propio pueblo.

La protesta en Colombia es inherente a su existencia, por todo lo que hemos vivido, por lo que está, por lo que se pone en riesgo. No se puede cambiar si no se exige, si no se hace un quiebre, si no existen procesos de transformación de las sociedades.

El comienzo del 21N  dio cuenta de esa necesidad de luchar contra la injusticia, las reformas tributarias, laborales, pensionales que no piensan en el bienestar de todo un país, por la paz. El ejercicio de protestar como un derecho fundamental.  Esto es un llamado a continuar, a seguir elevando de nuevo a las calles la voz de muchos, a no descuidar una oportunidad única en que todos, sin distinción, hemos encontrado puntos comunes.

 

Fotografía: Gabriel Ramón Pérez

Las comunidades negras: guardianas de la riqueza biodiversa y de los activos culturales del Pacífico

Las comunidades negras: guardianas de la riqueza biodiversa y de los activos culturales del Pacífico

Por Audrey Mena

La región pacífica constituye, después de la Amazonía, la reserva más grande de recursos naturales del país. Al lado de la diversidad biológica, e íntimamente relacionada con ella, se ubica una gran diversidad cultural representada en los conocimientos y técnicas desarrolladas durante siglos por las comunidades negras que habitan la región. Han sido precisamente las comunidades étnicas las que logrando recoger frutos para su subsistencia y a la vez conservar la base natural. Han desarrollado tradiciones y técnicas armónicas con la naturaleza. Han construido, en el lenguaje de expertos, un modelo de conservación y uso sostenible de la biodiversidad, lo que permite hoy en día al país tener esa reserva natural y cultural en el Pacífico. Sin embargo, el conocimiento tradicional, elemento esencial de la identidad de las comunidades negras, se está erosionando, y en algunos casos perdiendo, por razones internas y externas a las mismas comunidades.

En la actualidad hay un panorama desalentador, la extinción de la diversidad cultural y biológica del Pacífico se debe en gran parte al desconocimiento de esas técnicas y tradiciones centenarias desarrolladas por las comunidades para resguardar el monte. Así mismo han incido las oleadas de colonos que han llegado al andén Pacífico en busca de medios de vida (grupos armados, inversionistas nacionales y extranjeros), que han explotado sus riquezas, desplazando a las comunidades de sus territorios. La realidad del pacífico en la actualidad son los ríos contaminados por la minería, la vegetación deteriorada por la tala de arboles, y la tendencia extractiva de los recursos de la biodiversidad, que ha superado el umbral natural de cambio, generándose patrones de perdida para la sustentabilidad de la región. Pese a esto, las comunidades negras, siguen haciendo resistencia en sus territorios. Para las comunidades étnicas negras, el conocimiento tradicional es la base que transforma el territorio como un espacio espiritual, político, cultural y económico, en donde desarrollan sus relaciones sociales específicas, formas distintas de uso y apropiación de los recursos naturales. El significado del uso colectivo y ancestral del conocimiento tradicional se basa en su principio de autonomía, no como una situación de dominio sobre un recurso producto de sus procesos de apropiación tradicional, sino que implica y requiere la posibilidad de la toma de decisiones sobre lo que les pertenece por naturaleza propia.

Mientras que las comunidades negras pretenden mantener vigentes sus costumbres y tradiciones, algunas prácticas productivas de carácter colectivo, que de generación en generación han utilizado, tienden a desaparecer, como “la mano cambiada, la minga y la bota”, no sólo por “la situación crítica que experimentan las comunidades en la satisfacción de las necesidades básicas como la seguridad alimentaria y la salubridad” sino también, y es una de las razones más importantes, por la “introducción de sistemas productivos no sostenibles, expresados en forma de agroindustria del monocultivo de palma africana, y la proliferación de cultivos de coca y amapola.

Es importante llamar la atención del gobierno nacional frente a este situación, porque lo cierto es que las comunidades negras son actores estratégicos comprometidos con la consolidación del Territorio-Región del Pacífico, como garantía de la vida y cultura. En efecto, cualquier intervención relacionada con los conocimientos tradicionales y de la biodiversidad en los territorios de comunidades negras debe ir orientado desde los lineamientos del uso sostenible, respeto de las prácticas tradicionales, garantía de los procesos de participación, coordinación, concertación, consulta y consentimiento, autonomía y gobierno propio.

Mi pronombre es “Ella”

Mi pronombre es “Ella”

Por: Dayana Blanco Acendra 

De verdad que nos ha costado trabajo entender esto de las diferencias entre orientación sexual, sexo asignado al nacer, identidad de género y expresión de género. Nos cuesta mucho dejar que la gente exprese su humanidad como se le venga en gana, independiente de la persona con quien se acueste o lo que lleve entre las piernas. Esto sí que es un problema cotidiano sobre todo para las personas que no expresan su género según los roles que se les han impuesto. Ir al baño, a la peluquería, al trabajo se convierten en una ruleta rusa de enojo y frustración interminables. Imagínate sentadx en un restaurante y al tomarte el pedido te llamen por un pronombre con el que no te identificas, que te digan señor o él, siendo tu una señora o ella, y viceversa, o que tal vez te llamen por alguno de estos dos cuando tu no te identificas con ninguno. Imagínate entrando al baño de mujeres y que el personal de seguridad te mande a salir porque, aunque eres una de ellas, luces como un hombre o que se quejen por compartir el baño contigo. Es frustrante, indignante, es una experiencia por demás humillante.

Al fenómeno de llamar a una persona por un pronombre o asignarle un género con el que no se identifica se le llama “Misgendering” o género malentendido, ocurre cuando te refieres intencionalmente o no a una persona de una forma que no se alinea con su identidad de género. Por ejemplo, referirse a una mujer como “él” o llamarla “hombre” es un acto de misgendering.

El problema básicamente es que eres diferente y se nota, eres un alguien innombrable, inclasificable, una identidad que toca ajustar a las cajas (roles) sociales. Si no te vistes como una niña, entonces eres un niño, y viceversa, como si no hubiese nada en la mitad u otra opción. Quien te mira, te nombra según la imagen que mandas a su cabeza, no importa quién eres, si no lo que llevas o cómo te ves, como diría mi mamá: “Como te ven te tratan”, no sabe ella todo el dolor que puede producir esa frase en el día a día de algunas personas.

Si te notas, tus posibilidades de socialización, de alcanzar el bienestar son bastante limitadas, incluso dentro de la propia comunidad LGBTIQ+ se juzga al hombre gay si es muy amanerado y la mujer lesbiana si es muy gallina (afeminada) o muy marimacha. No encajas, no cumples con lo que otras personas esperan de ti. Estarás a salvo siempre y cuando no te vean, siempre que te adaptes.

En esta sociedad cuadriculada, homófoba y violenta, la primera regla de conservación y supervivencia que se aprende como persona LGBTIQ+ es no notarse, no notarse en la familia, en el colegio, en el trabajo, frente al espejo incluso. Es una estrategia de supervivencia, pasar como mujer, como hombre, como heterosexual, aunque no te sientas o seas tal. Caminar como “señorita” si la sociedad te asignó el rol de mujer, sentarte como un varón si te han nombrado hombre. Te conviertes en un ser gris, sin alma, como un papel transparente que se adapta a su entorno para vivir unos años más, para evitarte empujones o puñetazos, con la esperanza de algún día ser libre, expresar lo que sientes, verte, sentir, decir y experimentar el mundo desde lo que eres.

Algunas personas, en su mayoría LGBTIQ+, que no asumen los roles de género que se les han impuesto o que no expresan su género dentro de los conceptos e imaginarios asociados a la binariedad hombre-mujer, se ven obligadas en muchos casos a la deshumanizante tarea de ocultar características básicas de su ser, de su personalidad, sus gustos, su estilo, la forma como quieren expresarse ante el mundo, cómo experimentan su género, o cuando asumen el valiente reto de expresar su género como les viene en gana, se enfrentan a la invisibilización y la clasificación errónea de lxs otrxs. Las micro violencias que sufren estas personas en lo cotidiano son innumerables y no me va a alcanzar este artículo para describirlo, sin embargo, creo que hay una acción urgente que podemos poner en práctica para reducir este problema: Naturalizar la pregunta de los pronombres, preguntarle los pronombres a una persona antes de dirigirte a ella, es liberador…para ambas partes. Si consideras que preguntar los pronombres es demasiado extraño, y no quieres herir susceptibilidades, simplemente pregúntale el nombre a esa persona y si no sabes qué pronombre usar, cuando debas referirte a esta persona reemplaza el pronombre por el nombre de pila, por ejemplo: En vez de decir, este teléfono es de ella o de él, di este teléfono es de “Andrea”, este teléfono es de “Andrés”.

Mi nombre es Dayana, llevo pelo corto, camisas holgadas y uso gorras. Expreso mi género desde formas predominantemente masculinas, soy una mujer y mi pronombre es “ella”.

 

Las experiencias raciales de los colombianos en Estados Unidos

Las experiencias raciales de los colombianos en Estados Unidos

Por Daniel Gómez Mazo

Una conversación recurrente que tengo con otros colombianos que viven en los Estados Unidos (donde yo resido hace un par de años) tiene que ver con la forma en la que viven sus procesos de racialización en este país. Cuando hablo de racialización me refiero a la asignación de una identidad, en este caso marcada, que le asigna a uno un lugar subordinado dentro de un sistema social que está estratificado de acuerdo con factores como el color de piel, el idioma, la ascendencia, la nacionalidad.

Muchos de mis amigos y conocidos colombianos nunca se sintieron racializados en Colombia. Es decir, son personas mestizas; y uno de los privilegios que tiene ser mestizo en Colombia es, precisamente, no tener una identidad racial diferenciada o, mejor dicho, poseer una identidad racial que es invisible: no se siente, no se nombra, no se nota. El viaje de Colombia a los Estados Unidos se traduce en un tránsito racial: se pasa de no sentir el impacto de las categorías raciales (o ser mestizo), a convertirse en latino, hispano, person of color, entre muchas otras cosas. Este cambio, sin duda, genera perplejidad en mis connacionales porque genera una discusión compleja sobre la identidad: ¿en qué categoría quepo?, ¿por qué preguntan por la raza en todo lado?, ¿por qué todos esos formularios tienen tantas categorías (White, African-American, Latino, Hispanic, Native American, Asian, Middle Eastern, Pacific Islander?

En este sentido, mi experiencia es un poco distinta. Yo soy una persona que tiene una identidad marcada en ambos sitios. Mi identidad racial, si bien varía de acuerdo con la parte del país en que me encuentre y pese a nombrarse de muchas maneras (negro, moreno, afro, etc.), es una identidad racial subordinada. Si bien en los Estados Unidos mi nacionalidad y mi lengua alteraron esa identidad racial para agregarle lo latino (convirtiéndome en un afrolatino), no es la primera vez que se me pregunta por mi raza, o que se me nombra a través de una categoría racial.

Además de la incertidumbre que genera el rosario de categorías raciales que hay en Estados Unidos (que se suman a las de género y clase), aparece el contenido de esa identidad. Es decir, la forma en la que ser latino o hispano no es solo una etiqueta, sino la descripción de un conjunto de realidades complejas: la forma en la que la identidad está marcada porque va aparejada de la imposición de cargas en este contexto social. Ser latino es, en últimas, una identidad subordinada, una forma de alteridad en oposición a la cual, en muchos casos, se establece quién está incluido o no en espacios de privilegio.

Una condición que he observado que moldea la experiencia de ser latino en los Estados Unidos es el color, aunque no es la única—la clase, el estatus migratorio, el idioma tienen también un peso enorme. Hay colombianos que tienen un color de piel muy claro, a tal punto que si uno los pone en casi cualquier calle de los Estados Unidos pueden ser considerados blancos (they can pass as White—como diría la gente acá). Esto, sin duda, se traduce en ciertos privilegios, como que en ciertos espacios dominados por personas blancas en este país su presencia pasa inadvertida. Sin embargo, estos privilegios raciales no siempre son completos, porque otras condiciones pueden alejarlos de la blanquitud estadounidense, como el idioma o el nombre. En dicho sentido, algunos de estos colombianos blancos experimentan discriminación debido que tienen un acento extranjero o su dominio del inglés no es perfecto y, como el resto de nosotros (angloparlantes no nativos), luchan para que el mesero o el agente de call center les entiendan lo que están diciendo. Otros enfrentan las barreras generales asociadas con la nacionalidad colombiana: la sospecha en los aeropuertos, los chistes sobre narcos, etc.

Una situación distinta ocurre con los colombianos cuyo color de piel no es (tan) claro. A estos en la calle la gente fácilmente los categoriza como latinos por sus características físicas y los estereotipos que existen sobre “la apariencia de los latinos”. Estos tienen acceso a un menor número de privilegios, debido a que su fenotipo (color de piel, tipo de pelo, grosor de los labios) los ubica en una posición de mayor vulnerabilidad frente al racismo y la discriminación.

En relación con este punto, mi experiencia también es distinta. Por ejemplo, una experiencia que tuve tanto en Los Ángeles como en Medellín es que en ambas ciudades la gente cruza la calle para esquivarme y no cruzarse conmigo, probablemente porque me consideran peligroso. Debido a mi color de piel, enfrento cargas similares a las que enfrentan las personas negras en los Estados Unidos y en Colombia, al menos en el trato diario (las dimensiones de racismo estructural y el sentido histórico que tiene ser afroamericano son completamente distintos).

En conclusión, las experiencias de racialización de los colombianos, que muchos experimentan solo cuando salen del país, son influenciadas por distintos factores, como por ejemplo el color de la piel. Debería existir mayor reflexión sobre cómo el movimiento internacional de personas y la migración terminan por abrir nuevas discusiones sobre las dimensiones globales del racismo y la discriminación.

 

Foto licencia CC : https://www.flickr.com/photos/alexcampro/3929023631/in/photolist-6ZcgQK-nLBFox-82LniF-fi4Jpi-8Nbm5i-nAns16-5zquZT-nuhJgf-5bU3n-2CKwq6-EYh4y-nui6m8-5zr7X6-51GGCY-5bU3X-5zqnpX-4MVU3N-nu88RS-6Zg2dm-8b15VM-SN53a5-nu7PEv-nu8aQb-nuhx5g-nu8Eyk-GLERCD-a1bRGJ-r1Thun-6BxiXP-Wtg71L-WJgcQe-WEF897-WJgcje-Wtg79w-WJgcMD-7EUb8f-ntBGEX-nLjyq4-7RVdX1-8qBFjC-5zqZke-ntC2rL-tLb1r-nJJyaJ-nuhX63-nuhTpq-nu82yu-84iij-5zqqXn-nuigck

¿Por qué no había leído literatura afro?

¿Por qué no había leído literatura afro?

Por Eliana Alcalá 
Investigadora de Ilex – Acción Jurídica

Qué leemos define en gran parte lo que somos y lo que hemos conocido a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, espacios como el colegio, donde personas como yo aprendimos a leer, no nos muestran las realidades que somos y vivimos.   Hace poco, con la muerte de Toni Morrison – a quien leí sólo hasta este año- me pregunté ¿Por qué nunca leí un autor afro en el colegio? Todo lo que conocía al terminar mi bachillerato era literatura europea, el realismo mágico de Gabriel García Márquez, libros juveniles, narconovelas. Al leer a Morrison, Ngozi, Zadie Smith, Maya Angelou, todas autoras negras, me di cuenta que tenía un vacío y que me había privado de otro mundo que puede ser narrado. Ese vacío se hizo más grande cuando analicé que ni siquiera había leído un autor (a) afro colombiano (a). Me había perdido de una dimensión literaria que encarna y cuenta nuestra identidad e historia, y mi colegio, lugar que debió guiarme a ese descubrimiento, invisibilizó completamente su existencia.

Al conversar con mis conocidos (as) me di cuenta que no era la única que tenía esa sensación. Hay una invisibilización de la literatura afro y en especial la afrocolombiana en nuestra etapa de formación. Algo que se nos hacía curioso porque todos (as) estudiamos en la costa caribe colombiana, reconocida hoy por haber dado los mayores representantes de esta corriente: Jorge Artel, Manuel Zapata Olivella, Roberto Burgos Cantor, entre otros. Estábamos tan lejos pero tan cerca de conocer lo que se había nublado, y le seguía dando vuelta a las razones.  En este proceso, reflexionaba sobre esa tendencia a elevar la literatura europea, a centrar nuestras lecturas en cánones eurocéntricos, “occidentales”, en mostrarnos solo una parte de cómo pueden ser contadas las historias, una especie de racismo estructural que permeaba en qué debe ser mostrado para discutir y leer porque lo demás no se considera suficientemente aceptable o importante. Este racismo estructural fue para mí, un instrumento de segregación del conocimiento y narrativas afros, el ocultamiento de nuestra historia y patrimonio cultural. Si bien es cierto, en la actualidad hay diferentes promociones de la literatura afro como categoría, en la recolección de la obra autores para crear una diáspora y que aparentemente está al alcance de “todos”, no hay un acercamiento efectivo a los lectores, solo una especie de estrategia publicitaria superficial que no tiene un impacto real.

La tendencia editorial de mostrar y encuadrar la literatura colombiana sólo desde el realismo mágico de Gabriel García Márquez y la narconovela, hace también que estas instituciones excluyentes y racistas no den espacio a promocionar para el caso concreto los proyectos literarios afrocolombianos o afro, porque la profundidad de estas obras que generalmente vienen de las zonas apartadas del país, choque con esa visión de literatura nacional apta para los niños y jóvenes. Recuerdo mucho cuando llegaban las editoriales a mi colegio y sólo recomendaban el libro de literatura gótica del momento o la nueva versión del Quijote. Todo era parte de un círculo vicioso, que ahora tiene un poco más de sentido porque las posturas estéticas de la literatura afro eran transgresoras de ese comodín de los libros que se puede promocionar en masas. Esa incomodidad histórica que pueden traer las narrativas afros, es un precio que la institucionalidad probablemente no está dispuesta a explicar desde los espacios más fundamentales de la educación.

Hay una estructura educativa y editorial, que hace parte de un sistema racista que no me permitió en su momento conocer la literatura afro.  Con lo anterior no quiero establecer razones tajantes de las conclusiones a las cuales llego a través de mi propia experiencia, sólo esbozar argumentos que pueden estar detrás de la pregunta ¿Por qué no leí un autor afro en el colegio? No obstante, al tal vez encontrar esas razones, la desazón más grande que queda es haber perdido- al menos en ese momento- la oportunidad de ampliar mi visión literaria, social, política.

Hoy llego a la conclusión que la importancia de la literatura afro nace de reafirmar que nuestra realidad como tantas veces lo han esbozado es pluriétnica, multicultural. Así mismo es la necesidad de reconocer en otras historias que son a la vez nuestras, la identidad que se nos ha ocultado, los valores, experiencia y reflexiones que se esconden detrás de una novela, un poema, un cuento. Incluso, propender por visibilizar, promover y difundir la literatura afro es el propio ejercicio de conocer a ese país que nos han ocultado, a las cuales no volteamos a ver, al que han despojado de identidad y que coincidentemente la literatura afro rescata. No neguemos la oportunidad de reconocer en lecturas como: “En los palenques// en la casa de los negros// en la casa de los pobres// en las ciénagas// nuestra gente languidece// nuestra gente enflaquece// ellos sofocan el aire// los machetes resuenan.[1] la historia no contada y las letras de resistencia. Propendo por ejercer el derecho a leer desde pequeños nuestra identidad, para no preguntarnos de adultos ¿Por qué no he leído literatura afro?

 

[1] Maria Teresa Ramirez Neiva, En casa del amo blanco.