Mariluz Barragán González

“Desde que los negros, los maricas y las putas tienen derecho, cada vez es más difícil hacer un chistecito”

“Desde que los negros, los maricas y las putas tienen derecho, cada vez es más difícil hacer un chistecito”; esta frase que escuché hace un tiempo en una reunión de ONG´eros[1] en Bogotá me vino a la memoria con el reciente caso de discriminación racial en Cartagena, puesto que al parecer la dificultad no solo se presenta para los chistes, sino para la escogencia de los adjetivos que se usan para insultar.

El caso que hizo boom la semana pasada en las redes sociales se trata de una mujer que en medio de una discusión por un accidente de tránsito, despliega una chorrera de insultos racistas contra un conductor de taxi[2]. Después de que el video se había vuelto viral, la supuesta agresora subió otra grabación en la que se retracta afirmando que no es racista pues no tiene nada en contra de los negros, que su reacción fue resultado de las provocaciones del taxista quien amenazó con volarse sin pagar los daños y la llamó despectivamente “amarilla”[3].

Como era de esperarse, el hecho ha suscitado todo tipo de reacciones en la opinión pública. Por un lado, están quienes acusan a la mujer de racista y dicen que debería ser denunciada penalmente conforme a la Ley Antidiscriminación[4]. De otro lado, están quienes manifiestan su desacuerdo argumentando que la agresión racista está justificada por aquel estigma que porta el gremio que “presta un pésimo servicio con sobrecostos en las tarifas y maltrata constantemente a los usuarios”; que la palabra negro es solo un color mas no un insulto, de tal forma que la mujer solo estaba siendo descriptiva en medio de su rabia; y que el taxista es también racista porque llamó a la mujer “amarilla”.

Los argumentos de quienes defienden su derecho a insultar con expresiones racistas, aunque parezcan poco rigurosos, merecen toda mi atención ya que provienen de conversaciones que he sostenido con amigas/os y colegas quienes no solo hacen parte de mis afectos, sino que son en su mayoría líderes y profesionales que gozan de altos niveles de escolaridad y que a su vez se ubican de un lado al otro del espectro racial de la ciudad.

Empecemos por decantar el punto de discusión advirtiendo que no pretendo hacer una defensa férrea de los taxistas de la ciudad, pues es claro que sí existen taxistas delincuentes o evasores de la ley, estos deben ser denunciados y judicializados al margen de como sean identificados racialmente. Se debe diferenciar el conflicto ocasionado por los posibles daños que surgieron del accidente de tránsito, pues si el taxista está en el deber de pagar o no por el choque es una discusión que debe darse en el campo de la responsabilidad civil extracontractual.

Racismo cotidian

Otro es el conflicto racial que se presenta, relacionado con el derecho a insultar usando expresiones racistas derivadas de una pelea de tránsito, laboral, de barrio, entre otras. En este sentido, a mi juicio no cabe justificar a la agresora quien en su ataque es incisiva al degradar la persona no solo por taxista sino por negro, valiéndose de la carga histórica e ideológica de este último concepto.

Uno de los puntos más polémicos que nos presentan los casos de racismo es la supuesta asimetría o doble standard que se utiliza para determinar si la utilización de una característica corporal es o no discriminatoria. Ante la pregunta, ¿si una persona le grita a otra “negro” en Cartagena, es racista? La respuesta es, SÍ lo es; pero, ¿si esta última le dice “amarilla”a la otra, es racista? La respuesta es, NO lo es.

La apariencia injusta que a primera vista notamos en las respuestas tiene explicación en la baja comprensión que tenemos del racismo como sistema de organización socio económica a escala mundial, en virtud del cual se humanizan y/o deshumanizan personas a través de la distribución inequitativa de una serie de privilegios teniendo como criterio la proveniencia del individuo.

No es aleatorio que la mujer cuestionada haya podido hacer construcciones rápidas en su seguidilla de insultos en contra del taxista, mientras este último sólo se haya quedado en el llamarla “amarilla” sin poder hacer otra conexión para agredirla verbalmente. Los privilegios dados por el color se derivan precisamente de las asociaciones automáticas que hacemos tales como negro/ladrón/bruto/animal y de otro lado, blanco/honesto/educado/humano, los que tiene repercusión en todos los estadios de la vida.

La parálisis verbal del taxista al tratar de utilizar como expresión de ira y desprecio la palabra “amarilla”, revela por sí misma la asimetría semántica con que es utilizada  la palabra “negro”. Su voluntad  de expresar  rabia junto a sus ganas de volver rápidamente un insulto degradante basado en el color de la otra persona, fracasan. Porque eso es el racismo en su nivel cotidiano, una expresión irracional de lo que avergüenza pero en lo que se basa la explotación en nuestra sociedad: la explotación de otro, el odio hacia el otro, y la rabia ante el otro que nunca  está ni estará a nuestra misma altura social o moral, ni mucho menos a nuestra altura para insultar.

Las preguntas del todo provocadoras nos obligan a tomar posición sobre el llamado “racismo a la inversa”, lo cual a mi juicio es imposible debido a que difícilmente podemos identificar un escenario en el que una persona identificada como no-blanca pueda valerse de su condición para tomar ventaja y/o anular al otro. De manera que decirle “amarillo” a alguien, por lo menos en Cartagena, es tan discriminatorio como gritarle “pelo morado”, o sea, no es mucho lo que nos dice.

Respecto de las categorías raciales, se tiene por establecido que han sido instauradas con los procesos de colonización en el mundo con el fin de identificar a los cuerpos de las personas y jerarquizarlos. Dentro de la construcción de la ideología racista el/la/lo blanco es identificado como superior y asociado con cosas positivas, mientras el/la/lo negro se identifica como inferior y se asocia automáticamente con lo negativo. De allí que cuando una persona en medio de una discusión acalorada nombra a otra “negro”, está  apelando a recordarle su lugar inferior dentro de la escala racial.

Decir que el sustantivo “negro” es simplemente uno de los muchos colores que integran la paleta que perciben nuestros ojos, resulta del todo impreciso, puesto que no existen personas de color negro, blanco o “amarillo”, sino que existimos personas de tez más oscura/clara que otras. Ahora, comoquiera que en el contexto de Cartagena, debido al fenómeno del mestizaje, lo blanco y lo negro no se nos presentan como categorías fijas, lo cierto es que en la medida en que el color de la piel de una persona se acerque más a lo negro se restringen las posibilidades de gozar de los privilegios dados por la blanquitud, tales como, las facilidades de ascenso en la escala socio-económica de la ciudad, la credibilidad, entre otros. De hecho, el episodio en cuestión ejemplifica maravillosamente como juega el carácter de confiabilidad de las personas en nuestro contexto, pues tenemos que una simple declaración posterior de la mujer fue suficiente para poner en tela de juicio no solo lo discriminatorio de sus expresiones grabadas en el video, sino que resulta tan confiable su palabra, que damos por sentado que el taxista le gritó “amarilla”, aun cuando no medie prueba de ello.

Es evidente que continuamos vulnerando la dignidad de las personas al no cuestionar la carga histórica e ideológica de ciertos imaginarios que reproducimos diariamente y que están naturalizados en nuestro lenguaje cotidiano. En general, la utilización de aquella temida palabra que comienza por N se ha convertido en un gran problema para muchos, pues de ser usada inadecuadamente en determinado contexto nos puede llevar a instancias judiciales por cuenta de la Ley Antidiscriminación.

El derecho como herramienta de cambio social ha servido en varias oportunidades para reconocer la humanidad de ciertos individuos identificados como diferentes, tales como “negros, maricas y putas”, lo que ha permitido que las sociedades desechen prácticas no acordes con la idea de comunidad justa que pretendemos construir. No se trata simplemente de dejar de gritarle “negro” a alguien sino obligarnos a hacer el ejercicio de deconstruir y hacer conciencia de los dispositivos raciales que se encuentran incrustados en nuestra vida, los que exteriorizamos a través de innumerables actos cotidianos que terminan vulnerando el derecho a la dignidad.

[1] Personas que trabajan para ONG´s y en general en proyectos de cooperación internacional

[2] https://youtu.be/IdJKUw_qsN8

[3] http://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/video/mujer-del-insulto-racista-a-taxista-se-disculpa/16125235

[4] El análisis de la idoneidad o no de la sanción penal para contrarrestar este tipo de situaciones se aborda en entrada independiente.