Daniel Gómez Mazo

El buen racista es una persona correcta, de altos principios morales, tan noble como usted o como yo.

El 21 de mayo se celebra el día nacional de la afrocolombianidad, que conmemora los aportes y las luchas de los pueblos negros en nuestro país. Con ocasión de esta fecha, vale la pena indagar por la forma en que el racismo se ha transformado, hasta volverse casi imperceptible. El racista moderno, el buen racista, celebra el día de los negros porque disfruta de su colorido. Es un ferviente defensor de la multiculturalidad, la diferencia y la algarabía popular. De esta forma, sería infortunado dejarlo fuera de la memoria en este día. Eso no sería incluyente y, ante todo, en Colombia prima la inclusión.

El buen racista es una persona correcta, de altos principios morales, tan noble como usted o como yo. Ya no se expresa por medio del insulto hacia el color de piel ajeno. Se ha sofisticado. Es ahora -más- políticamente correcto y amable en su discurso. No utiliza palabras como negro, porque le recuerdan a sus precursores nacionales y extranjeros. Prefiere en cambio referirse a sus inferiores con otro tipo de adjetivos, como gente de color.

El buen racista no tiene problema en tener amigos negros, ni parientes negros lejanos, ni mucho menos trabajadoras del servicio doméstico negras, a las que consideran “casi” de la familia. De hecho, sus relaciones con los negros son uno de sus mayores atributos sociales, pues demuestran su benevolencia. Por lo mismo, declara, cada vez que puede, su aprecio por estos y los consiente con palabras como chocolate, dios de ébano u otras similares. Su amor por las gentes no blancas lo hace estar siempre atento a muestras del verdadero racismo, aquel que no tiene buena intención. Así, no pierde oportunidad para condenar los homicidios de negros en los Estados Unidos, las frases infortunadas de políticos locales o la xenofobia contra los latinos en Europa.

Sin embargo, su elevada corrección moral y nutrido carácter humanista no le impide mandar a sus hijos a colegios de élite, donde no hay ni un solo niño negro. Tampoco representa obstáculo para educarse en universidades segregadas, todas diversas e incluyentes debido a presencia de extranjeros blancos. El buen racista ha evolucionado tanto que a veces puede no ver el color, ni de los desplazados negros, ni de los desaparecidos negros, ni de los negros privados de la libertad. Es incapaz de cuestionar por qué el gimnasio al que asiste, los restaurantes en los que come y los lugares en los que compra son racialmente homogéneos. Mucho menos se pregunta dónde están las voces negras en el noticiero de las 12:00 m., o en su periódico de preferencia, o en los juzgados, bancos o aeropuertos, pues le basta con que la gloria negra se note en el fútbol y en las artes. Prefiere no salir con alguien de un color más oscuro al propio, no porque sea racista –palabra que le produce escozor-, sino porque “no es de sus gustos”. Sin embargo, siempre se ha preguntado si la voracidad sexual de las negras y el tamaño del asta viril de los negros son tan impresionantes como cuenta la tradición popular. Tal vez por ello, cuando se ha atrevido a disfrutar de las mieles del amor interracial lo ha hecho con un sentido de aventura, cuál colono cristiano en el nuevo mundo, maravillado de lo exótico y místico de los territorios de conquista.

No ve sentido alguno en preguntarse por sus escuetos privilegios. Con todo, ocasionalmente cuestiona si los robustos -y casi exagerados- beneficios estatales ofrecidos a esas gentes los puede volver perezosos e incluso seguirlos hundiendo en su miseria. Suele pensar en asuntos de este tipo cuando ve alguna señora –que dice ser víctima de la violencia- con cuatro (4) niños en una esquina ubicada en un exclusivo sector de la capital. Escenas como estas le hacen preguntarse si puede existir algo de verdad en aquello que esas malas personas -que sí son racistas de verdad- dicen de cuando en cuando: que están destinados a nacer y morir así, porque les falta intelecto, porque les falta trabajo, porque les falta garrote, y golpes pa’ que aprendan, y mano dura, más mano dura.

El buen racista es una persona correcta, de altos principios morales, tan noble como usted o como yo. A veces hasta pienso que podría ser cualquiera de nosotros.