Por: Dayana Blanco Acendra

Hay héroes y heroínas del diario, que insisten en que su diversidad sea en una revolución cotidiana, constante, transformadora.

Erase una vez una mujer negra, exitosa, guapa y lesbiana. Siempre vestía de pantalón, le decían señora-señor pero no le importaba, ella les hacía saber que era una mujer aunque no llevara vestido, ni luciera como la que esperaban que fuera. Iba al medico y disfrutaba las preguntas de rigor; las esperaba con ansias, solo para cerrar con la última frase:

“- ¿Última relación sexual?

– ayer

– ¿planifica?

– No, mi pareja es otra mujer”

…después de eso le quedaba la sensación de que se hizo historia y que el médico no olvidaría que hay mujeres que se acuestan con otras y que, además, pueden ser negras. La homosexualidad, la lesbiandad no es exclusiva de blancos y blancas.

Era, y todavía es, una mujer a la que le atraen otras mujeres, una mujer negra a la que le gustan otras mujeres y va por el mundo dejando a su paso una multitud de conocidos y desconocidos que no podrán jamás encerrarla en un closet, que tendrán que verla todos los días natural, sencilla, flamante y lesbiana… en el trabajo, en el bar, en una reunión, en el supermercado, en sus fiestas y donde quiera que miren. Les incomodará tanto como pueda. Su lucha es vivir tal cual ella es, normal como cualquier otra, pasar por donde otras lo hacen sin apenarse, ni temer, aunque corra peligro. Entender y hacer que entiendan que no tiene por qué ocultarse.

También gesta su revolución saliendo a marchar, por negra, por mujer, por lesbiana como lo hacen otras y otros cuando están acompañados de multitudes pero que son incapaces de revelarse en lo cotidiano con el sencillo, digno y necesario acto de enunciarse.

(Foto de portada: Flicker Creative Commons vía Erick Parker)