Por Daniel Gómez Mazo

Una conversación recurrente que tengo con otros colombianos que viven en los Estados Unidos (donde yo resido hace un par de años) tiene que ver con la forma en la que viven sus procesos de racialización en este país. Cuando hablo de racialización me refiero a la asignación de una identidad, en este caso marcada, que le asigna a uno un lugar subordinado dentro de un sistema social que está estratificado de acuerdo con factores como el color de piel, el idioma, la ascendencia, la nacionalidad.

Muchos de mis amigos y conocidos colombianos nunca se sintieron racializados en Colombia. Es decir, son personas mestizas; y uno de los privilegios que tiene ser mestizo en Colombia es, precisamente, no tener una identidad racial diferenciada o, mejor dicho, poseer una identidad racial que es invisible: no se siente, no se nombra, no se nota. El viaje de Colombia a los Estados Unidos se traduce en un tránsito racial: se pasa de no sentir el impacto de las categorías raciales (o ser mestizo), a convertirse en latino, hispano, person of color, entre muchas otras cosas. Este cambio, sin duda, genera perplejidad en mis connacionales porque genera una discusión compleja sobre la identidad: ¿en qué categoría quepo?, ¿por qué preguntan por la raza en todo lado?, ¿por qué todos esos formularios tienen tantas categorías (White, African-American, Latino, Hispanic, Native American, Asian, Middle Eastern, Pacific Islander?

En este sentido, mi experiencia es un poco distinta. Yo soy una persona que tiene una identidad marcada en ambos sitios. Mi identidad racial, si bien varía de acuerdo con la parte del país en que me encuentre y pese a nombrarse de muchas maneras (negro, moreno, afro, etc.), es una identidad racial subordinada. Si bien en los Estados Unidos mi nacionalidad y mi lengua alteraron esa identidad racial para agregarle lo latino (convirtiéndome en un afrolatino), no es la primera vez que se me pregunta por mi raza, o que se me nombra a través de una categoría racial.

Además de la incertidumbre que genera el rosario de categorías raciales que hay en Estados Unidos (que se suman a las de género y clase), aparece el contenido de esa identidad. Es decir, la forma en la que ser latino o hispano no es solo una etiqueta, sino la descripción de un conjunto de realidades complejas: la forma en la que la identidad está marcada porque va aparejada de la imposición de cargas en este contexto social. Ser latino es, en últimas, una identidad subordinada, una forma de alteridad en oposición a la cual, en muchos casos, se establece quién está incluido o no en espacios de privilegio.

Una condición que he observado que moldea la experiencia de ser latino en los Estados Unidos es el color, aunque no es la única—la clase, el estatus migratorio, el idioma tienen también un peso enorme. Hay colombianos que tienen un color de piel muy claro, a tal punto que si uno los pone en casi cualquier calle de los Estados Unidos pueden ser considerados blancos (they can pass as White—como diría la gente acá). Esto, sin duda, se traduce en ciertos privilegios, como que en ciertos espacios dominados por personas blancas en este país su presencia pasa inadvertida. Sin embargo, estos privilegios raciales no siempre son completos, porque otras condiciones pueden alejarlos de la blanquitud estadounidense, como el idioma o el nombre. En dicho sentido, algunos de estos colombianos blancos experimentan discriminación debido que tienen un acento extranjero o su dominio del inglés no es perfecto y, como el resto de nosotros (angloparlantes no nativos), luchan para que el mesero o el agente de call center les entiendan lo que están diciendo. Otros enfrentan las barreras generales asociadas con la nacionalidad colombiana: la sospecha en los aeropuertos, los chistes sobre narcos, etc.

Una situación distinta ocurre con los colombianos cuyo color de piel no es (tan) claro. A estos en la calle la gente fácilmente los categoriza como latinos por sus características físicas y los estereotipos que existen sobre “la apariencia de los latinos”. Estos tienen acceso a un menor número de privilegios, debido a que su fenotipo (color de piel, tipo de pelo, grosor de los labios) los ubica en una posición de mayor vulnerabilidad frente al racismo y la discriminación.

En relación con este punto, mi experiencia también es distinta. Por ejemplo, una experiencia que tuve tanto en Los Ángeles como en Medellín es que en ambas ciudades la gente cruza la calle para esquivarme y no cruzarse conmigo, probablemente porque me consideran peligroso. Debido a mi color de piel, enfrento cargas similares a las que enfrentan las personas negras en los Estados Unidos y en Colombia, al menos en el trato diario (las dimensiones de racismo estructural y el sentido histórico que tiene ser afroamericano son completamente distintos).

En conclusión, las experiencias de racialización de los colombianos, que muchos experimentan solo cuando salen del país, son influenciadas por distintos factores, como por ejemplo el color de la piel. Debería existir mayor reflexión sobre cómo el movimiento internacional de personas y la migración terminan por abrir nuevas discusiones sobre las dimensiones globales del racismo y la discriminación.

 

Foto licencia CC : https://www.flickr.com/photos/alexcampro/3929023631/in/photolist-6ZcgQK-nLBFox-82LniF-fi4Jpi-8Nbm5i-nAns16-5zquZT-nuhJgf-5bU3n-2CKwq6-EYh4y-nui6m8-5zr7X6-51GGCY-5bU3X-5zqnpX-4MVU3N-nu88RS-6Zg2dm-8b15VM-SN53a5-nu7PEv-nu8aQb-nuhx5g-nu8Eyk-GLERCD-a1bRGJ-r1Thun-6BxiXP-Wtg71L-WJgcQe-WEF897-WJgcje-Wtg79w-WJgcMD-7EUb8f-ntBGEX-nLjyq4-7RVdX1-8qBFjC-5zqZke-ntC2rL-tLb1r-nJJyaJ-nuhX63-nuhTpq-nu82yu-84iij-5zqqXn-nuigck