Por: Dayana Blanco Acendra 

De verdad que nos ha costado trabajo entender esto de las diferencias entre orientación sexual, sexo asignado al nacer, identidad de género y expresión de género. Nos cuesta mucho dejar que la gente exprese su humanidad como se le venga en gana, independiente de la persona con quien se acueste o lo que lleve entre las piernas. Esto sí que es un problema cotidiano sobre todo para las personas que no expresan su género según los roles que se les han impuesto. Ir al baño, a la peluquería, al trabajo se convierten en una ruleta rusa de enojo y frustración interminables. Imagínate sentadx en un restaurante y al tomarte el pedido te llamen por un pronombre con el que no te identificas, que te digan señor o él, siendo tu una señora o ella, y viceversa, o que tal vez te llamen por alguno de estos dos cuando tu no te identificas con ninguno. Imagínate entrando al baño de mujeres y que el personal de seguridad te mande a salir porque, aunque eres una de ellas, luces como un hombre o que se quejen por compartir el baño contigo. Es frustrante, indignante, es una experiencia por demás humillante.

Al fenómeno de llamar a una persona por un pronombre o asignarle un género con el que no se identifica se le llama “Misgendering” o género malentendido, ocurre cuando te refieres intencionalmente o no a una persona de una forma que no se alinea con su identidad de género. Por ejemplo, referirse a una mujer como “él” o llamarla “hombre” es un acto de misgendering.

El problema básicamente es que eres diferente y se nota, eres un alguien innombrable, inclasificable, una identidad que toca ajustar a las cajas (roles) sociales. Si no te vistes como una niña, entonces eres un niño, y viceversa, como si no hubiese nada en la mitad u otra opción. Quien te mira, te nombra según la imagen que mandas a su cabeza, no importa quién eres, si no lo que llevas o cómo te ves, como diría mi mamá: “Como te ven te tratan”, no sabe ella todo el dolor que puede producir esa frase en el día a día de algunas personas.

Si te notas, tus posibilidades de socialización, de alcanzar el bienestar son bastante limitadas, incluso dentro de la propia comunidad LGBTIQ+ se juzga al hombre gay si es muy amanerado y la mujer lesbiana si es muy gallina (afeminada) o muy marimacha. No encajas, no cumples con lo que otras personas esperan de ti. Estarás a salvo siempre y cuando no te vean, siempre que te adaptes.

En esta sociedad cuadriculada, homófoba y violenta, la primera regla de conservación y supervivencia que se aprende como persona LGBTIQ+ es no notarse, no notarse en la familia, en el colegio, en el trabajo, frente al espejo incluso. Es una estrategia de supervivencia, pasar como mujer, como hombre, como heterosexual, aunque no te sientas o seas tal. Caminar como “señorita” si la sociedad te asignó el rol de mujer, sentarte como un varón si te han nombrado hombre. Te conviertes en un ser gris, sin alma, como un papel transparente que se adapta a su entorno para vivir unos años más, para evitarte empujones o puñetazos, con la esperanza de algún día ser libre, expresar lo que sientes, verte, sentir, decir y experimentar el mundo desde lo que eres.

Algunas personas, en su mayoría LGBTIQ+, que no asumen los roles de género que se les han impuesto o que no expresan su género dentro de los conceptos e imaginarios asociados a la binariedad hombre-mujer, se ven obligadas en muchos casos a la deshumanizante tarea de ocultar características básicas de su ser, de su personalidad, sus gustos, su estilo, la forma como quieren expresarse ante el mundo, cómo experimentan su género, o cuando asumen el valiente reto de expresar su género como les viene en gana, se enfrentan a la invisibilización y la clasificación errónea de lxs otrxs. Las micro violencias que sufren estas personas en lo cotidiano son innumerables y no me va a alcanzar este artículo para describirlo, sin embargo, creo que hay una acción urgente que podemos poner en práctica para reducir este problema: Naturalizar la pregunta de los pronombres, preguntarle los pronombres a una persona antes de dirigirte a ella, es liberador…para ambas partes. Si consideras que preguntar los pronombres es demasiado extraño, y no quieres herir susceptibilidades, simplemente pregúntale el nombre a esa persona y si no sabes qué pronombre usar, cuando debas referirte a esta persona reemplaza el pronombre por el nombre de pila, por ejemplo: En vez de decir, este teléfono es de ella o de él, di este teléfono es de “Andrea”, este teléfono es de “Andrés”.

Mi nombre es Dayana, llevo pelo corto, camisas holgadas y uso gorras. Expreso mi género desde formas predominantemente masculinas, soy una mujer y mi pronombre es “ella”.