Por Eliana Alcalá 
Investigadora de Ilex – Acción Jurídica

Qué leemos define en gran parte lo que somos y lo que hemos conocido a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, espacios como el colegio, donde personas como yo aprendimos a leer, no nos muestran las realidades que somos y vivimos.   Hace poco, con la muerte de Toni Morrison – a quien leí sólo hasta este año- me pregunté ¿Por qué nunca leí un autor afro en el colegio? Todo lo que conocía al terminar mi bachillerato era literatura europea, el realismo mágico de Gabriel García Márquez, libros juveniles, narconovelas. Al leer a Morrison, Ngozi, Zadie Smith, Maya Angelou, todas autoras negras, me di cuenta que tenía un vacío y que me había privado de otro mundo que puede ser narrado. Ese vacío se hizo más grande cuando analicé que ni siquiera había leído un autor (a) afro colombiano (a). Me había perdido de una dimensión literaria que encarna y cuenta nuestra identidad e historia, y mi colegio, lugar que debió guiarme a ese descubrimiento, invisibilizó completamente su existencia.

Al conversar con mis conocidos (as) me di cuenta que no era la única que tenía esa sensación. Hay una invisibilización de la literatura afro y en especial la afrocolombiana en nuestra etapa de formación. Algo que se nos hacía curioso porque todos (as) estudiamos en la costa caribe colombiana, reconocida hoy por haber dado los mayores representantes de esta corriente: Jorge Artel, Manuel Zapata Olivella, Roberto Burgos Cantor, entre otros. Estábamos tan lejos pero tan cerca de conocer lo que se había nublado, y le seguía dando vuelta a las razones.  En este proceso, reflexionaba sobre esa tendencia a elevar la literatura europea, a centrar nuestras lecturas en cánones eurocéntricos, “occidentales”, en mostrarnos solo una parte de cómo pueden ser contadas las historias, una especie de racismo estructural que permeaba en qué debe ser mostrado para discutir y leer porque lo demás no se considera suficientemente aceptable o importante. Este racismo estructural fue para mí, un instrumento de segregación del conocimiento y narrativas afros, el ocultamiento de nuestra historia y patrimonio cultural. Si bien es cierto, en la actualidad hay diferentes promociones de la literatura afro como categoría, en la recolección de la obra autores para crear una diáspora y que aparentemente está al alcance de “todos”, no hay un acercamiento efectivo a los lectores, solo una especie de estrategia publicitaria superficial que no tiene un impacto real.

La tendencia editorial de mostrar y encuadrar la literatura colombiana sólo desde el realismo mágico de Gabriel García Márquez y la narconovela, hace también que estas instituciones excluyentes y racistas no den espacio a promocionar para el caso concreto los proyectos literarios afrocolombianos o afro, porque la profundidad de estas obras que generalmente vienen de las zonas apartadas del país, choque con esa visión de literatura nacional apta para los niños y jóvenes. Recuerdo mucho cuando llegaban las editoriales a mi colegio y sólo recomendaban el libro de literatura gótica del momento o la nueva versión del Quijote. Todo era parte de un círculo vicioso, que ahora tiene un poco más de sentido porque las posturas estéticas de la literatura afro eran transgresoras de ese comodín de los libros que se puede promocionar en masas. Esa incomodidad histórica que pueden traer las narrativas afros, es un precio que la institucionalidad probablemente no está dispuesta a explicar desde los espacios más fundamentales de la educación.

Hay una estructura educativa y editorial, que hace parte de un sistema racista que no me permitió en su momento conocer la literatura afro.  Con lo anterior no quiero establecer razones tajantes de las conclusiones a las cuales llego a través de mi propia experiencia, sólo esbozar argumentos que pueden estar detrás de la pregunta ¿Por qué no leí un autor afro en el colegio? No obstante, al tal vez encontrar esas razones, la desazón más grande que queda es haber perdido- al menos en ese momento- la oportunidad de ampliar mi visión literaria, social, política.

Hoy llego a la conclusión que la importancia de la literatura afro nace de reafirmar que nuestra realidad como tantas veces lo han esbozado es pluriétnica, multicultural. Así mismo es la necesidad de reconocer en otras historias que son a la vez nuestras, la identidad que se nos ha ocultado, los valores, experiencia y reflexiones que se esconden detrás de una novela, un poema, un cuento. Incluso, propender por visibilizar, promover y difundir la literatura afro es el propio ejercicio de conocer a ese país que nos han ocultado, a las cuales no volteamos a ver, al que han despojado de identidad y que coincidentemente la literatura afro rescata. No neguemos la oportunidad de reconocer en lecturas como: “En los palenques// en la casa de los negros// en la casa de los pobres// en las ciénagas// nuestra gente languidece// nuestra gente enflaquece// ellos sofocan el aire// los machetes resuenan.[1] la historia no contada y las letras de resistencia. Propendo por ejercer el derecho a leer desde pequeños nuestra identidad, para no preguntarnos de adultos ¿Por qué no he leído literatura afro?

 

[1] Maria Teresa Ramirez Neiva, En casa del amo blanco.