“El espanto de la guerra parece estar de nuevo ciñéndose alrededor el país y junto con ella se aproxima una contrarreforma política y social”

Por Daniel Gómez Mazo

El atentado del ELN contra la Escuela de Cadetes General Santander de la semana pasada parece confirmar la más temida de las noticias: el regreso brioso de la violencia armada a Colombia. Si bien el uso de la violencia en el país nunca ha realmente cesado, durante los años anteriores Colombia ha visto una disminución clara y marcada de la violencia derivada del conflicto armado, incluyendo el declive de la tasa de homicidios a nivel nacional y los nuevos casos de desplazamiento forzado. Con su vil acto, el ELN no solo ejecutó un sanguinario acto terrorista que cegó las vidas de una veintena de seres humanos inocentes, en clara violación del derecho internacional humanitario, sino que abrió la puerta para que los sectores belicistas del país —tanto de izquierda como de derecha— pudieran volver a la guerra, la cual servirá de excusa para que se impulse una agenda política basada en la metamorfosis del miedo en el odio y del odio en las armas.

El espanto de la guerra parece estar de nuevo ciñéndose alrededor el país y junto con ella se aproxima una contrarreforma política y social. Por contrarreforma me refiero a la reacción de amplios sectores políticos que pretenden devolver a Colombia al pasado retardatario y cadavérico del cual viene; que buscan echar para atrás los avances de ampliación democrática que —con mucho esfuerzo— logró el país durante las pasadas tres décadas. Un movimiento que pretende deshonrar lo pactado en La Habana porque lo considera mera impunidad, pese a que nunca ha querido comparecer ante la justicia; que no piensa permitir que se restituyan las tierras usurpadas a los campesinos durante la guerra porque cree que su buena fe culposa lo protege; que le llama ideología al género porque le da pavor mirarse a sí mismo desnudo; que quiere crear una súper corte para que a su lado los derechos se vean minúsculos. Ese movimiento que se jacta de incendiar el país cada vez que le piden cuentas, para luego pretender apagarlo a punta del uso de la fuerza. Como diría Tácito: “crean desolación y la llaman paz”.

¡Viene la contrarreforma!, anuncia la riada en las calles.

¿Y en qué consistirá dicha contrarreforma? En ignorar los asesinatos de los líderes sociales campesinos, indígenas y negros por considerar que las víctimas son obstáculos para el desarrollo, que auspician el terrorismo o que son enemigos del Estado. En redimir —sin necesidad de contrición o penitencia— a los que defraudaron al país y le fallaron al servicio público, a quienes no tienen fiscal ni rinden cuentas, a quienes dieron fortunas a los potentados a costas del tesoro de la Nación. En debilitar la consulta previa, la titulación colectiva, la reparación de las víctimas, el derecho al aborto, los mecanismos de participación ciudadana y la acción tutela. En perseguir a la prensa libre y ejercer la censura. En últimas, en una profunda reforma al Estado configurado en la Carta Política de 1991, así como a las garantías de los derechos constitucionales.

En este escenario, ¿qué podemos hacer para frenar la arremetida de la contrarreforma? La respuesta es clara: es nuestro deber impulsar una firme y pacífica oposición contra el retroceso a la protección de los derechos humanos. Debemos resistir los embates de quienes buscan el regreso a la guerra, sean estos de izquierda o de derecha. Tenemos que proteger los avances de la ampliación democrática logrados durante los pasados 30 años y ejercer la crítica pública y sustentada contra los abusos del poder. En últimas, debemos recordar que no podemos renunciar a nuestros derechos, ni sacrificar los derechos de los demás, por una promesa vacía de victoria basada en la violencia armada. En su Carta Desde una Cárcel de Birmingham, Martin Luther King escribió: “Sabemos por nuestra dolorosa experiencia que la libertad nunca ha sido voluntariamente dada por el opresor; debe ser demanda por los oprimidos”. Es por ello que, sin importar las circunstancias, no podemos darnos por vencidos en la búsqueda de la paz para nuestro país ni de obtener un Estado más justo para todos.